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Orígenes de la alfarería La aparición de la alfarería en Villarrobledo, entendida como un trabajo sistematizado, sobre todo en lo que concierne a la fabricación artesanal de tinajas de barro, se remonta cuatro siglos atrás aunque este trabajo no aparecerá documentado hasta el siglo XVII en que figura el primer documento que hace referencia a los tinajeros locales, se trata del Arancel de Reformas y Precios de las Mercaderías, Salarios, y Jornales de 1627 hecho en virtud de las Reales Pragmáticas, donde se regula el precio de las tinajas por arrobas. En 1753 en el Catastro de la Ensenada aparece la primera relación de los hornos y de los tinajeros que trabajaban en Villarrobledo, en el que se recogen los nombres y apellidos de los mismos, los cuales evidencian la tradición y continuidad del gremio hasta la actualidad. Las tinajas de Villarrobledo Las tinajas constituyen todo un componente de nuestro arte popular y utilitario de la Edad Media. Según las investigaciones realizadas sobre este tema, de las que destaca la tesis doctoral realizada por una villarrobledense, María Dolores García Gómez, la labor tinajera podría tener un claro origen árabe asociado, por un lado a la dependencia que tenía Villarrobledo, en los momentos de su aparición, de dos núcleos importantes de predominio musulmán, Alcaraz y Toledo, y por otro a los asentamientos moriscos en dicha villa, fruto de las deportaciones realizadas durante la Reconquista. Fabricación de tinajas El desarrollo de esta actividad que ha llegado hasta nuestros días tiene mucho que ver con la localización en Villarrobledo de importantes yacimientos de la materia prima base para su ejecución. La calidad y cantidad de la arcilla existente contribuyó de manera decisiva para impulsar ese desarrollo hasta el punto que esta localidad pasó a disputar el primer puesto a otros pueblos de tradición tinajera como El Toboso. A ello habría que añadir la proximidad de estos yacimientos a la población; los pozos, minas o barreros, de los que se obtenía el barro estaban situados -alguno todavía hoy queda activo- entre el Cementerio Municipal y la Ermita de la Virgen y otros puntos como la calle Las Mesas, era de Carrasco, calle San Clemente, etc... Estos pozos se contruían en los cebadales, cuyos dueños vendían el subsuelo a los poceros mientras ellos mantenían la superficie dedicada a los cultivos.
El trabajo de pocero, que pasaba de padres a hijos, era una labor dura por las condiciones en que se desarrollaba. El barrero estaba localizado por un sencillo trípode de palos, que servían de enganche en la confluencia superior de una polea con la que subían y bajaban las espuertas del barro extraído. La construcción del barrero se hacía con una pica y tenía unas dimensiones mínimas, alrededor de 80 centímetros de diámetro y una longitud variable dependiendo de la profundidad en que se encontrara la veta. A partir de ahí se construían galerías, cuyo tamaño dependía también del grosor de la veta de barro, algunas eran tan bajas que el trabajo debía hacerse casi reptando, lo que da idea de las dificultades que entrañaba este trabajo.
Actualmente los tinajeros locales que siguen trabajando siguen utilizando el mismo barro que sus antepasados, aunque la manera de extraerlo se ha modernizado, la máquina ha sustituido al hombre. No ha cambiado, sin embargo, la forma de hacer las tinajas ni la utilización de un tipo de barro determinado que desde antiguo se consideraba idóneo por su resistencia, éste estaba compuesto de una mezcla del "dorao" con arcillas más blandas, de esta unión se obtenía un material fuerte, capaz de resistir las altas temperaturas necesarias para la cocción de piezas, además, presentaba un tacto suave y sin porosidades.
Para la fabricación de las tinajas, una vez extraído, el barro era extendido para que se aireara, después de esto se procedía a su molido, labor que se realizaba siguiendo dos técnicas distintas: a palanca y a rodillo. El primero consistía en triturar el barro dándole golpes con una palanca o maza de madera maciza. En el segundo se molía el barro con un rodillo de piedra estriado movido por un animal de tiro, actualmente esta labor se realiza con una trituradora eléctrica, único avance técnico que se ha introducido en los talleres. Una vez molido, los tinajeros cargaban las espuertas y las vaciaban en un pilón con agua, trabajo que se denominaba empilado, cuando el barro estaba bien empapado procedían a batirlo con los brazos, operación que duraba varias horas y que era muy dura de realizar durante el invierno. Ya amasado el barro era llevado al obrador y en un rincón sobre ceniza se hacía una torta que era extendida con el "tendeor", se dejaba reposar y al día siguente se formaban grandes pellas que los tinajeros sobaban con los pies; para este trabajo durante el invierno se utilizaban alpargatas con suela de esparto para que el barro no se agarrara, y en verano lo hacían descalzos. Hoy en día nuestros artesanos contínuan empilando, amasando y sobando el barro de la misma manera.
La fabricación propiamente dicha de las tinajas se iniciaba con la alineación en grandes naves rectangulares denominadas cuartos, de los bolos de empiece (bases de barro cónicas) sobre las que se ponían las tapas (dos tablas de madera unidas por un travesaño), en ese soporte, cubierto con ceniza para impedir que el barro se pegara, los tinajeros empezaban a realizar las bases o culos de las tinajas. El sistema utilizado es la técnica de los rollos -cilindros de barro realizados partiendo de una pella amasada sobre una mesa para darles el grosor y la longitud necesaria- basada en la unión de los distintos rollos empezando desde la base. Para consegir la unión perfecta entre rulo y rulo hacían unas incisiones con la "arañaera" (trozo de chapa con pequeñas muescas laterales), a continuación, con la ayuda de sus manos primero y con la paleta y el mazo después le irán dando la altura y la forma deseada. Cada dos rollos de barro formaban una vuelta que el tinajero iba modelando, conforme se elevaban las paredes el trabajo se hacía más complicado por lo que era necesario montar un andamio para continuar la labor. Las incisiones concéntricas que aparecen en las tinajas no son motivos de decoración, aunque el resultado lo consigue, estas marcas las hacían los tinajeros con cuerdas sobre el barro tierno y les servían de guía. En la construcción de las tinajas cilíndrica los rollos del cuerpo eran todos iguales, variando los del empiece y la boca, en cambio las cónicas presentaban más dificultad el ensancharse en la panza y volver a cerrarse llegando a la boca, en estas el tinajero trabajaba casi tumbado.
Terminada la tinaja, ésta tenía que permanecer en la nave hasta que perdiera toda la humedad. Después eran sacadas al patio donde se soleaban durante unas horas antes de meterlas en el horno. El transporte de las tinajas desde los cuartos hasta su colocación en el horno entrañaba una gran dificultad, eran necesarias cuadrillas de unos veinte hombres dirigidos por un capataz debido al enorme peso que tenían que soportar (dos mil kilos aproximadamente con las tinajas gordas) a lo que hay que añadir la dificultad de mover unas piezas de barro crudo de cuatro metros de altura. Dificultades parecidas se daban en el transporte de las tinajas desde las fábricas hacia las bodegas.  Historia de la industria tinajera La industria tinajera fue evolucionando a través de los siglos, de ser actividad artesanal desarrollada por una minoría que elaboraba piezas de pequeño tamaño para almacenar todo tipo de productos, pasó a ser una actividad gremial como lo prueba la gran cantidad de hornos que existieron en Villarrobledo, lo que da una idea de la importancia que tuvo esta industria hasta la primera mitad del siglo XX, en que empezó el declive asociado al auge de la industria vitivinícola y a la aparición de nuevos materiales que permitían tinajas y depósitos de mayor tamaño. Hubo construidos en esta localidad 72 hornos de cocer tinajas, un 90% con capacidad para tinajas de 500 arrobas y un 10% con cabida de tinajas de 250 arrobas. La totalidad del funcionamiento de estos hornos, abarcó desde los años 1915 a 1930, durante ese periodo apenas sí se construyeron hornos de nueva planta y según todas las fuentes la construcción de la mayoría de estos hornos databa de generaciones anteriores.
Al compás del aumento de los hornos el número de tinajeros también fue creciendo, llegando a formar un numeroso grupo de familias instaladas en el extrarradio, donde tenían espacio suficiente para construir las fábricas. Desde el siglo XIX y hasta mediados del XX la actividad en el barrio tinajero fue muy intensa. Hoy en día son pocas las muestras que quedan en el barrio tinajero de esta actividad, los grandes solares dedicados a fábricas se han ido convirtiendo en edificaciones. Con todo quedan todavía muestras significativas de la tinajería, el barrio con sus calles de empinadas cuestas, todavía conserva el encanto de otro tiempo y los descendientes de este grupo social exhiben con orgullo el legado cultural que han recibido. |